martes, 27 de enero de 2026

¿Y una misa para los 7291 "ancianos ejecutados" por Díaz Ayuso en Madrid?

La gestión del duelo por la tragedia ferroviaria de Adamuz ha trascendido el ámbito del respeto institucional para convertirse en un nuevo campo de batalla político. Lo que debería haber sido un ejercicio de unidad se ha fragmentado en una serie de actos paralelos que evidencian, una vez más, las costuras abiertas en el seno del Partido Popular. A pesar de las gestiones de última hora del gabinete de Isabel Díaz Ayuso ante el Arzobispado de Madrid para intentar desplazar la fecha, la presidenta madrileña ha mantenido su convocatoria en la Catedral de la Almudena. Este tributo católico nace envuelto en la polémica por varios factores. La extralimitación simbólica, en su misiva al arzobispo José Cobo, Ayuso planteó el acto "en nombre de todos los españoles", un gesto que ha sido interpretado como un intento de arrogarse la representación nacional, saltando por encima de la jerarquía del Estado y de la propia comunidad autónoma donde ocurrió el siniestro. Y la colisión con Andalucía, la propuesta de Ayuso se solapa temporalmente con los actos organizados en tierras andaluzas, forzando una innecesaria bicefalia en el luto oficial.



Lo que llama poderosamente la atención es la falta de humanidad por una Presidente que, con sus políticas y su ambición dentro de la farándula en la que se ha convertido la política, y proponga una misa religiosa cuando no ha recibido ni a las familias de los 7291 que fueron ejecutados en las residencias de la Comunidad de Madrid. Se decidió mediante la financiación de pseudomedios y los dos grandes conglomerados del capital, Mediaset y Atresmedia, difundir y humillar a las víctimas con la "propaganda" de que el responsable había sido Pablo Iglesias.

La incógnita final reside en el impacto visual del jueves. Por ahora, ningún barón de peso ni miembros de la cúpula de Génova han confirmado su asistencia a la misa de Madrid. Si nada cambia, Isabel Díaz Ayuso se enfrentará a una fotografía de soledad institucional en los bancos de la Almudena. Una imagen potente que podría leerse de dos formas: como el aislamiento de una líder que camina por libre, o como la ratificación de su papel como la única figura dispuesta a dar la batalla del relato, incluso sin el apoyo de su propia formación.

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